Se necesitan pastores

Se necesitan pastores -pastores fieles- que no halaguen al pueblo de Dios ni lo traten con aspereza, sino que lo alimenten con el pan de vida.

Hechos 1:7. "No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones"

ειπεν προς αυτους ουχ υμων εστιν γνωναι χρονους η καιρους ους ο πατηρ εθετο εν τη ιδια εξουσια

"Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad" (Hechos 1:7).

Les dijo - Cristo no respondió directamente a la pregunta de sus discípulos, sino que llamó su atención a la obra que tenían que hacer.

Los tiempos - χρονος [chronos] se refiere sencillamente, en forma general, al "tiempo" cronológico.

Las sazones - καιρος [kairos] se aplica a momentos específicos o culminantes en el tiempo, con énfasis en lo que acontece.

Es como si Jesús les hubiera dicho: "No les corresponde a ustedes saber ni la fecha, ni la forma exacta del establecimiento del reino".

En su sola potestad - Mejor "ha fijado con su propia autoridad". La palabra griega que se traduce "potestad" o "autoridad" es εξουσια [exousia], y no δυναμις [dunamis], el "poder" o "capacidad" del vers. 8.

Dios no es siervo del tiempo; es su Amo. Su conocimiento trasciende al tiempo, porque es omnisapiente, sabe todas las cosas:

"Oh Jehová, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; Has entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y mi reposo, Y todos mis caminos te son conocidos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, Y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda. Detrás y delante me rodeaste, Y sobre mí pusiste tu mano. Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; Alto es, no lo puedo comprender" (Salmo 139: 1-6).

"Los ojos de Jehová están en todo lugar, Mirando a los malos y a los buenos" (Proverbios 15: 3).

"Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta" (Hebreos 4: 13).

Su conocimiento previo es una prueba de su deidad:

"Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antig:uedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero" (Isaías 46: 9-10).

El comparte lo que quiere con los que le sirven:

"Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre, para que cumplamos todas las palabras de esta ley" (Deuteronomio 29: 29).

"La comunión íntima de Jehová es con los que le temen, Y a ellos hará conocer su pacto" (Salmo 25: 14).

"Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer" (Juan 15: 15).

"Estas cosas os he hablado en alegorías; la hora viene cuando ya no os hablaré por alegorías, sino que claramente os anunciaré acerca del Padre" (Juan 16: 25).

Los discípulos sentían deseos de conocer el tiempo exacto de la revelación del reino de Dios; pero Jesús les dijo que no les era permitido conocer los tiempos y las sazones, pues el Padre no los había revelado. Entender cuándo debía ser restaurado el reino de Dios no era lo más importante que debían conocer. Debían ser hallados siguiendo al Maestro, orando, esperando, velando y trabajando. Debían ser los representantes del carácter de Cristo ante el mundo.

Esta es también la obra en que nosotros debemos ocuparnos.

En vez de vivir a la expectativa de alguna sazón o tiempo especial de conmoción, debemos aprovechar sabiamente las oportunidades presentes, haciendo lo que debe ser hecho para que las almas puedan ser salvas.

En lugar de consumir las facultades de nuestra mente en especulaciones acerca de los tiempos y las sazones que el Señor ha puesto bajo su autoridad, y que no ha revelado a los hombres, debemos rendirnos ante el dominio del Espíritu Santo para cumplir con nuestros deberes actuales, para dar el pan de vida, no adulterado con las opiniones humanas, a las almas que están pereciendo por falta de la verdad.

Satanás siempre está preparado para llenar la mente con teorías y cálculos que desvíen a los hombres de la verdad divina y los incapacite para dar al mundo el mensaje del evangelio. Siempre ha sido así, pues nuestro Salvador con frecuencia tuvo que reprender a los que se complacían en especulaciones y siempre estaban investigando aquellas cosas que el Señor no había revelado.


Jesús había venido a la tierra para impartir importantes verdades a los hombres, y deseaba impresionar su mente con la necesidad de recibir y obedecer sus preceptos e instrucciones, de cumplir con sus deberes presentes; y los mensajes de Jesús eran de una naturaleza que impartía conocimiento para su uso diario inmediato.

Jesús dijo: "Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado" (Juan 17:3). Todo lo que había sido hecho y dicho tenía este único propósito en vista: afianzar la verdad en la mente de ellos para que pudieran alcanzar la vida eterna.

Jesús no vino para asombrar a los hombres con un gran anuncio sobre algún tiempo especial cuando ocurriría un gran suceso, sino para instruir y salvar a los perdidos. No vino para despertar y complacer la curiosidad, pues sabía que eso sólo aumentaría el apetito por lo desconocido y lo maravilloso.

Su propósito era impartir conocimiento mediante el cual los hombres pudieran crecer en fortaleza espiritual y avanzaran por el camino de la obediencia y la verdadera santidad. Sólo impartía las instrucciones que podían ser apropiadas para las necesidades de la vida diaria de ellos, sólo la verdad que pudiera ser dada a otros de la misma manera. No hizo nuevas revelaciones a los hombres, sino que les abrió el entendimiento a verdades que por mucho tiempo habían sido oscurecidas o tergiversadas por las falsas enseñanzas de los sacerdotes y maestros.

Jesús restituyó las gemas de verdad divina a su debido lugar, en el orden en que habían sido dadas a los patriarcas y los profetas. Y después de haberles impartido esa preciosa instrucción, prometió darles el Espíritu Santo por medio del cual deberían recordar todas las cosas que les había dicho.

Estamos en continuo peligro de ponernos por encima de la sencillez del Evangelio.

En muchos hay un intenso deseo de sorprender al mundo con algo original, que arrebate a la gente a un estado de éxtasis espiritual y cambie el orden actual de lo que se conoce. Hay, sin duda, gran necesidad de un cambio en el orden actual de lo que conocemos, pues la santidad de la verdad divina no se comprende como se debiera; pero el cambio que necesitamos es un cambio de corazón que sólo se puede obtener buscando individualmente la bendición de Dios, implorando en busca de su poder, orando fervientemente para que su gracia venga sobre nosotros y puedan ser transformados nuestros caracteres. Este es el cambio que necesitamos hoy día, y para lograr esta experiencia debemos utilizar energía perseverante y manifestar sincero fervor; debemos preguntar con verdadera sinceridad: ¿qué debo hacer para ser salvo? Debemos saber con exactitud qué pasos estamos dando hacia el cielo.

Cristo dio a sus discípulos verdades cuya anchura, profundidad y valor poco apreciaban y ni siquiera comprendían; y la misma condición existe ahora entre el pueblo de Dios. Hemos fracasado también en comprender la grandeza, en percibir la belleza de la verdad que Dios nos ha confiado. Si avanzáramos en conocimiento espiritual, veríamos que la verdad se desarrolla y ensancha en formas que ni siquiera hemos soñado; pero nunca se desarrollará en forma alguna que nos induzca a imaginar que podemos conocer los tiempos y las sazones que el Padre ha puesto en su sola potestad.